Ernesto Enciso
VI Los presos
Un hombre de aspecto de obrero esta sentado en una de las planchas de la celda en que me encuentro. De mediana edad y un cuerpo atlético formado por el trabajo físico. Sólo unas gruesas líneas de expresión, que surcan desde la sien hasta la parte alta de la barbilla, le dan un aspecto algo severo a su rostro, pero sin permitir que éste deje de reflejar nobleza. Vestido de manera sencilla con un pantalón de mezclilla y una playera. No parece ser un hombre degradado por el alcohol o la droga, ni dedicado al robo. Parece ante todo un hombre de trabajo. Para el observador menos agudo, este hombre se distingue mucho del grueso.
Por un momento se le observa absorto en sus pensamientos, y por lo que nos revela su rostro, éstos deben ser tristes. Tal vez recuerde a sus familiares cercanos, tal vez piense en la situación difícil en que se encuentra. Imposible saberlo. No parece ser un ser introvertido pues momentos antes sostuvo una animada charla con otro reo. Pero sin importarle nada ni nadie decidió de momento encerrarse con sus pensamientos, como si hubiese logrado dejar todo lo sombrío que lo rodea, dejar la celda, a los celadores, a sus compañeros en desgracia. No es este estado psicológico algo que distinga a este hombre, ya que, como es sabido, éste es un estado muy frecuente de todos los presos. Pero, la verdad sea dicha, en este hombre parece encajar mejor.
Es él, el que mejor parece encarnar la esencia de todos los presos. Es, por decirlo, su representante. Al castigar a los demás es como si se castigase a ese hombre, porque todos llevan escondido, o mejor dicho perdido, algo de él. Es como si lo presos giraran en torno a él, algunos más cercanos y otros alejados, pero siempre entorno a él.
Las cárceles, como dice la sabiduría popular, son para los pobres. En ellas caen muchos hombres como éste, hombres de trabajo, proletarios. Caen, también, hombres deshabituados al trabajo, raterillos, borrachos, en fin los que caen dentro del llamado lumpen proletariado. Y entre ellos, caen también, hombres que están en puntos intermedios de estos extremos.
Si no todos, un buen número de los presos, en sus constantes pláticas, dice ser inocente del delito que se le imputa. Y creo que en el fondo, aunque lo hayan cometido, tienen toda la razón: es la sociedad capitalista, injusta, la que genera la pobreza, el hambre, el desempleo, la degradación moral de la población, esa misma sociedad, con su clase representativa, que ve en la acumulación de la riqueza a costa de lo que sea, el objetivo último, la única culpable. Por otra parte, las cárceles son para castigar el delito no oficializado, ya que el oficial, es decir el que realizan las clases adineradas y sus representantes, que es mil veces más sucio, se premia las más de las veces.
Continuará...
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