Miré al hombre de madrugada. Estaba parado al pie de un tope, casi donde empieza la curva que se encuentra a la entrada de San Gabriel. A esas deshoras nunca me detengo, pero noté que llevaba una mochila a sus espaldas, su ropa dejaba ver mucho polvo del camino. Me sonrió sin fuerza, con una mirada gastada, como si tuviera mucho tiempo de esperar. Por eso me detuve y lo llevé… Me dijo que se llamaba Juan.
- Cerros y más cerros, pa’ donde quiera que voltees, Juan ¡míralos!, bien alineados. Son tantos que uno nunca termina de verlos. Aquí ya empezó a pegar el frío de octubre, los cerros están recargados de neblina, y entre los cerros, la neblina y esos nubarrones de lluvia, no se deja ver cuando amanece…
- Sí, muy cierto. ¿Dónde fue que me levantaste?
- Allá, por donde empieza El Llano en Llamas.
- Buen nombre le dieron.
- ¿Y luego? ¿No dices que eres de por acá? Todos por estos rumbos saben que así se llama esa zona.
- Me fui hace tiempo, hace mucho tiempo, ya no me acuerdo de los nombres, aunque parece que los nombres me tienen algo que decir…
- Yo me llamo Olegario, aquí donde me ves acuerpado y con estas cejas pobladas y canosas, no soy mayor de sesenta años. Desde que regresé de los Estados Unidos tuve que volver a mi antiguo oficio de matapuercos, bueno… matapuercos, vacas, chivos, y todos los animales que se me atraviesen en el camino para sobrevivir.
- La pobreza es lo único que no cambia en Jalisco, yo intento escribir algunas cosas, aunque le hago a todo, durante un tiempo fui vendedor de llantas, pero eso ya se acabó. Vine a tomar unas fotografías de paisajes y a ver qué puedo sacar de ellas…
Debo reconocer que Juan me había caído muy bien, era un tipo de lo más culto y agradable, pero algunas cosas de su persona no me acababan de cuadrar. Pasamos algunos pueblos y nos detuvimos a comer en San Pedro.
- Creí que te ibas a quedar en San Pedro. ¿No dices que por ahí tienes parientes?
- Sí, pero quién sabe qué habrá sido de ellos. Mejor me sigo de largo hasta Toxin, y más allá, porque voy hasta el mero Llano de Toxin. ¿Qué tanto me puedes arrimar?
- Vas de suerte, yo voy hasta Cuautitlán. Además, me sirves de compañía, aquí en el Paso Real hay que ir despacio, ya ves, sólo hay piedras, baches y unas cuantas vacas que se atraviesan en el camino.
- Muy cierto, parece que llovieron piedras. Debiera llamarse el Llano de las Piedras o de las Nubes. Si uno mira al suelo hay un sembradero de rocas pequeñas y de piedrotas, pero si uno sube la mirada se topa con crespones de neblina revueltas con las nubes.
La mirada de Juan tenía una tristeza contenida, huía como venadito a la serranía al menor ruido. Escapaba entre las brechas de silencio que se abrían en la conversación, se salía de las palabras e iba a meterse al paisaje. Sus ojos carcomían el verdor subido de la ladera, trepaban hasta el tope de los cerros y ahí se quedaban. Ni siquiera los jaloneos de la troca, le hacían apartar la mirada de aquél inmenso páramo.
Sólo volteaba cuando yo le hablaba directamente…
- ¿Y no de casualidad vas al entierro del papá de Sifronesia? Aquel viejo ladino que vivía en una choza de láminas abajo del cableado. Ayer un par de leñeros me dijeron que había muerto de leucemia y que sus familiares culpaban de su mal a la carga de alta tensión. Yo fui a visitarlo un par de veces y me sentí mareado desde que entré a su casa. Se me nubló la vista con tanto chisporroteo de electricidad que corre por ahí.
- No, no conozco al difunto ni a su familia. Lo que sí escucho zumbar es la corriente eléctrica pasando por los cables. Tantas torres de energía ya invadieron las faldas de los cerros, le roban mucha vista al paisaje.
Iba a retomar una de tantas preguntas que habían recibido respuestas a medias o que no aclaraban mis dudas, pero Juan en esos momentos tomó su mochila de cuero, la colocó sobre sus piernas, jaló hacia arriba las correas que se soltaron de los broches de metal, y sacó su cuaderno de notas y un lápiz de los amarillos. Reconcentrado comenzó a escribir…
Faltaban unos minutos para llegar al Llano de Toxin. La neblina extrañamente comenzó a bajar de los cerros, pero sin dispersarse. Una llovizna comenzó a caer, no se le veían ganas de convertirse en aguacero.
Detuve la troca bajo un árbol de limas, justo a la mitad del ranchito, porque eso es el Llano de Toxin, un pequeñito tramo entre cerros, donde apenas viven unas 80 o 90 personas. Descendió para saludar de mano a Betsabé Figueroa y Serafín García, líderes antorchistas que anunciaban la rehabilitación de los caminos del Llano en Llamas…
Cuando voltee hacia la troca, ya Juan había atravesado un alambrado de púas. Tenía una viejísima cámara entre sus manos, de ésas que aún son de rollo para revelar. Tomó por una tira empedrada que estaba en la soledad del paraje y que serpenteaba hacía el cerro. Una senda que alguien dejó como un vago intento de veredear hacia la cumbre, pero que se cortaba a unos 30 o 35 metros de camino. La neblina había descendido hasta hacer perdedizo su cuerpo. Me quedé pendiente de verlo reaparecer en unos minutos, le grité, pero nada…
El viento comenzó a resoplar, las gotas se soltaron con desenfreno. Corrí hasta la camioneta y al levantar los cristales noté una hoja de rayas sobre el asiento del pasajero. Al desdoblarla leí con curiosidad: He vuelto entre cerros salpicados de piedras. Entre miradas que se levantan para recorrer el verde de las laderas, hasta topar con las nubes. He vuelto al corazón de Jalisco, donde está su gente humilde y sincera, gente de la que el mundo aún quiere escuchar…
Hay quienes al conocer la historia y ver la nota dicen que era el mismísimo Juan Rulfo, yo prefiero creer que es sólo Juan, y por eso cada vez que paso por el Llano de Toxin, veo la tira empedrada al pie del cerro y me detengo, siempre me detengo a esperar…
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