II
Está a punto de obscurecer y sus amigos empiezan a recogerse en sus casas. Algunos porque escuchan la voz de la madre o de algún familiar que les llama; otros, los mayores, casi adolescentes, todavía pueden permanecer en el parque, pero se sienten cansados de la larga jornada. Se irán a sus casas y, con toda seguridad más tarde, se volverán a reunir allí mismo, en el parque, o en una de sus esquinas preferidas del barrio. Juanito también esta fatigado y aunque quiere descansar, no desea ir a su casa, sabe que nadie lo espera, salvo tal vez su madre, pero ésta… tiene, a causa de las drogas que consume de continuo, escapes a otra realidad y poco se preocupa de su único vástago.
A demás, y esto es lo peor, tal ves su madre esté acompañada por sus amigos, lo que es menos de desear. Ver a aquel amasijo de carne, de mujeres y hombres, cuyos movimientos torpes y diálogos incoherentes, le resultan incomprensibles, ya que tan pronto ríen como alborotan al punto de casi liarse a golpes, escuchando a todo volumen música colombiana, le parece a Juanito que a sus oídos resuena la cumbia sobre el rio de Celso Piña, preferida de Perla, así se llama su madre. La mezcla de olores, de sucio sudor humano, de alcohol y de ese olor tan característico de la marihuana, le produce un malestar insoportable. Pero sobre todo le duele ver a su madre en medio de todo aquello, siendo participe; le llena el alma de un sentimiento de tristeza y malestar.
Además, algunos de los que le hacen compañía a su madre, los más agresivos, en ciertas ocasiones, le maltratan con duras palabras. “Huerco pendejo, vete a traer una caguama”, “Hijo de puta, no más por que eres un chamaco si no, te partía la…”, y cosas por el estilo, le lanzan las bocas soeces de aquellos hombres tirados al vicio. Las mujeres no son tan agresivas, pero en realidad le resultan más repulsivas, porque las ha considera más delicadas. Ya perdidas por la droga, se desinhiben hasta perder el mínimo decoro. Son todos del barrio, el los conoce bien. “El Chango”, “La Burra”, “El Chito” “La Babi”... Algunos se dedican a la obra, otros limpian parabrisas en los cruceros, otros, los más descompuestos, se dedican al robo y la vagancia.
Para él, desde que nació, siempre las cosas han sido así; es lo único que conoce, el medio en que ha vivido. Sin embargo, algo dentro de él, más instintivo que otra cosa, rechaza aquello. Conoce las casas de sus amigos y en algunas, es cierto, la situación es semejante a la que le toca ver a diario, pero no es lo mismo: en su casa parece que se concentra, como en un basurero, todo el vicio y lo descompuesto del barrio. Su mente, todavía infantil, observa y compara muchas cosas.
Su casa se ubica en algo que es mas andador que calle, de no más de cuatro metros de ancho, en el que apenas con dificultad pasaría un vehículo. En todas las casas de este andador, lo primero que se destaca es el abandono: paredes sin pintar, partes del aplanado cayéndose, amontonamiento de tiliches inservibles en los “porches”, suciedad, etc. A pocos pasos de iniciar el andador, del lado derecho de la acera, yendo del parque de la colonia a éste, se encuentra una reja tubular alta de color café oscuro. La separación entre cada barrote permite ver por su interior. Un pequeño espacio entre la reja y la construcción la hace de patio en el que se acumula todo tipo de cosas, un triciclo, madera, botellas. Es una casa reducida de dos plantas y de cuatro metros de frente. La pintura carcomida por el sol, le da un aspecto viejo; sólo el techo de dos aguas y la pared del frente que se presenta en dos planos distintos, uno mas salido que otro, realza en algo la construcción.
No quiere ir a su casa; un sentimiento, mezcla de rechazo y temor, lo decide a ir con un tío que vive a media hora de camino por el canal.
- Anda, vamos con mi tío; regresamos enseguida –le dice Juanito a Julio, su amigo más cercano y último en dejarlo.
-No; ya estoy cansado y además me esperan; ay será otra día.
La negativa de su amigo no lo desanima en su propósito; es más poderoso el sentimiento de rechazo al “hogar” que a cualquier otra cosa que se le proponga. Empieza entonces a recorrer el camino como tantas otras veces; sólo necesita caminar algunas docenas de cuadras para llegar a la casa de su tío Emeterio. Ahí, en casa de su tío, podrá pasar algunas horas, y, quién sabe, a lo mejor quedarse; es una forma de evadir el espectáculo que de continuo se contempla en su casa.
Después de caminar unos cuantos pasos –el canal está a una cuadra del parque- con sus pies menudos, llega al canalón. Éste siempre le ha producido una sensación de soledad, de desamparo y miedo. Experimenta una angustia cada vez que lo atraviesa. Es cierto que con sus amigos se ha metido en el lecho y lo ha recorrido una y otra vez, en ambas direcciones, siguiendo su cauce zigzagueante e interminable por varios kilómetros, hasta quedar con las plantas de lo pies desechas de dolor. Pero con ellos, en grupo, es otra cosa, se siente protegido. Es, además, una sensación de aventura, de estar haciendo algo grande; en cambio, hacerlo solo es muy distinto; es como estar frente a una enorme serpiente que en cualquier momento despertará enfurecida y lo engullirá sin piedad.
Era este canal un antiguo arroyo cuya corriente mermó año tras año hasta prácticamente desaparecer, salvo en temporadas de lluvia en el que algo revivía. Ahora, a lo largo de su cauce, se puso concreto para convertirlo en canal y evitar inundaciones en las colonias. Seccionado transversalmente, como todo canal, tiene forma de trapecio invertido. Su base menor, el lecho, tiene aproximadamente 12 metros. Su altura es de poco más de tres metros. La pendiente de sus paredes es casi de noventa grados, lo que hace difícil descenderlas en cualquier punto del canal. En la mayor parte del año corre al centro del mismo una insignificante corriente de agua sobre un fondo verdoso de musgo adherido al concreto. En ciertos puntos, entre las divisiones del concreto o en aquellas partes que están dañadas, crece alguna hierba. Del otro lado de la carretera no hay colonias, sólo empresas y terrenos baldíos que antes ocuparon otras, pero hoy están abandonadas con construcciones semiderruidas. Ahí, a los costados del canal, sobre las dos veredas que siguen su curso, crece una maleza tupida de hasta dos metros de altura, que hace prácticamente intransitable esos senderos.
Para cruzar el canal a fin de llegar a las otras colonias, se construyó hace muchos años, antes de ser canalizado el arroyo, un puente estrecho de estructura metálica. Es un puente apenas hoy usado ya que enseguida está el puente vehicular que se construyó posteriormente y que los transeúntes utilizan también como paso peatonal. Aquel puente parece ahora más bien un juego, un pasatiempo para muchos niños. Seguramente en el pasado fue de mucha utilidad, sobre todo en temporadas de lluvia; pero ahora no la tiene.
Juanito tiene que caminar varias cuadras sobre la calle que corre al lado del canal, hasta donde este el puente metálico, éste siempre le ha llamado la atención, le gusta. Para pasarlo hay que caminar por sus dos rampas en forma de de “V” acostada. Su base de lámina con puntos metálicos que asemejan tachuelas de cabeza redondeada.
Utilizando el puente metálico, pasa por encima de “la serpiente”, así le suele llamar al canalón Juanito. Se aleja, al fin, pero no logra por algunos minutos sacudirse esa sensación de miedo que este canal le produce. Poco a poco, con las gentes, coches, edificios, su mente se distrae en otras cosas. Al cabo de un momento, ya tampoco piensa en su casa, en su madre ni en los amigos de ésta. Sólo observa con suma atención el mundo que se topa con él. Le interesa, mientras atraviesa un terreno amplio de forma triangular, un perro que intenta alcanzar, en un ir y venir, una pelota que le es lanzada por dos jóvenes que ríen ante los infructuosos esfuerzos del animal; dos niños pequeños que van agarrados de las manos de un adulto; la gente que se agolpa en la esquina de la calle que delimita el terreno, para lograr subir y encontrar un lugar en la pecera, cual náufragos que hubieran caído de un barco y ahora pelearan entre ellos por lograr un lugar en el bote salvavidas; en fin, todo es digno de atención para Juanito.
Después de recorrer varias cuadras, se encuentra ya cerca de la casa de su tío. Apresura el paso, pues el cansancio, al que se ha sumado el hambre, le aguijonean y han empezado a dejar sentir su dominio de soberanos, y no lo dejaran hasta que no les de “el tributo”. Seguramente su tío Emeterio le ofrecerá de cenar y descansar, y quién sabe, quizá podrá ver algo de televisión.
Por fin llega a una casucha de paredes desnudas, sin aplanado, que permiten ver unos bloques ya viejos y carcomidos en algunas partes. El techo oxidado de la casa, cuya pendiente permite ver que es de lámina ya deteriorada por los años, el cual soporta madera podrida, fierros oxidados que el dueño coloco en ese lugar por no encontrar otro mejor, muestra mejor que nada la miseria del propietario. Una sobria y pequeña ventana de vidrios polvosos tras los cuales una manta que la hace de cortina, impiden ver el interior de la vivienda. La puerta negra de metal es estrecha y parece hundirse en la tierra, pues el piso de los tres cuartos que conforman la casa, está por debajo del nivel de la calle. La casa del tío no es mejor que la suya, pero al menos en esta se respira otro ambiente muy distinto. El tío Emeterio, vive sólo con su mujer ya que sus dos únicos hijos se casaron.
-¿Qué haces huerco por acá? -pregunta el tío a Juanito-
-Vine a verte tío.
-¿Tu solo y a esta hora? ¿Y tu madre, sabe que has venido?
-No tío; ya no le avise.
-No esta bien que a tu edad andes en la noche recorriendo las calles.
-Estaré un par de horas, y luego… -no terminó ya que fue interrumpido por el tío.
-“Luego”… luego te llevaré en el carro a tu casa. Anda pasa pa` adentro, vamos, te invitaré a comer.
Después de atragantase todo lo comestible que vino a parar a la vieja mesa del comedor, descansa y ve televisión a sus anchas. Pero esto no es lo mejor para él; lo mejor es que, allí, se siente a gusto. Sus tíos siempre le han querido y le hablan dulcemente, como se le habla a un nieto. En una ocasión le solicitaron a su madre que se los diera para que ellos lo criaran, pero ésta, aun cuando la mujer sabía que no le estaba dando cuidado y educación al pequeño, no estuvo dispuesta a cedérselos.
*Espera mañana la segunda parte de este relato...
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