IV
El “Chito” sale de la casa de Perla después de permanecer por varias horas en ella; todavía el sol no se oculta, pero está pronto a hacerlo. Está más drogado y embriagado que otras veces. A ciencia cierta no sabe a donde dirigirse. Después de un titubeo decide ir en dirección del parque, no quiere estar más en un lugar encerrado y en el parque podrá estar algún tiempo al aire libre sentado en una banca.
Sólo son unos pasos los que lo separan del parque, por lo que en un instante se encuentra en él. Al llegar, ve que unos adolescentes juegan en la cancha que sirve a la vez para el futbol rápido y el basquetbol la cual esta circundada por una malla. Mas adelante, en la plaza, ve a dos niños jugando por los corredores. A uno lo reconoce de inmediato, es el hijo de Perla. Al verlo reír alegre y juguetear, un deseo malsano se apodera de repente de él, un deseo que es producto de la descomposición que ha sufrido su ser en una sociedad podrida, un deseo que ha reprimido por mucho tiempo, pero que aflora con mas fuerza cuando esta perdido en la marihuana.
Camina en dirección de los niños y se sienta en una de las bancas cercanas. Por unos instantes sólo observa los juegos ingenuos de éstos. Pero decidido a lo que se le ha metido en el lodazal que tiene entre sien y sien, llama al pequeño:
-Oye, Juanito, ¿no quieres acompañarme a la fiesta de un sobrino?
Desconcertado por la invitación, Juanito, no sabe qué hacer, pues aunque el “Chito”, nunca le ha gritado o maltratado, nunca le ha inspirado confianza.
-Mira -le dice- no vamos a tardar, es cuestión de unas dos horas a lo más. Además creo que va a ver payasos y no se qué más.
- No sé, es que ya es tarde -contesta indeciso el niño.
Con la repulsión que siente Juanito hacia su casa y la oferta de una fiesta en la que se distraerá, no hay mucho que decidir. El “Chito” sigue su labor, sabe que está trabajando en terreno fértil. Después de insistir un poco, Manuel logra su objetivo.
Los dos doblan ya por la calle que desemboca al canal. Ya ha obscurecido. Muy pronto se encuentran al pie del canal. El puente metálico, está a más de doscientos metros. El puente de la carretera, esta ahí, se puede casi palpar. Bajo éste hay una oscuridad que asemeja a la boca de una cueva. Van a descender por el canal, pues el “Chito” argumenta que es mas rápido cruzar el canalón descendiendo por la pendiente del canal que ir hasta el puente metálico; ha trazado en su mente, de manera perfecta, su treta.
El niño es el primero en descender por la rampa. De repente, éste, siente dos manos que lo empujan bruscamente por la espalda y que lo hacen rodar por la pendiente, raspándose e impactando con el concreto del cauce del canal. Está el pequeño Juan más molido que aturdido. Mientras tanto, el Chito, no sin dificultades, desciende por la pendiente hasta el fondo. Juanito, que ya está incorporado, con fuertes dolores por el impacto, con una rabia incontenible toma unas piedras de mediano tamaño que se encuentran a sus pies.
-Pinche “Chito”, culero –le grita Juanito a su agresor mientras lanza las piedras que alcanzan a golpear el pecho de éste.
No alcanza a decir nada más por que la humanidad del Chito se le viene encima. Recibe brutales golpes que rápidamente lo derriban y noquean. Nadie pasa por esos momentos por el canal y no es visible desde ningún punto. Nadie saldrá en su auxilio. Está solo como ha estado siempre en esta sociedad.
El frágil cuerpo del niño, desmayado por los golpes, es cargado fácilmente en los hombros por su agresor, quien se dirige, por el canal, hacia la zona de las fabricas. Pasa por de bajo del puente como en la entrada de una cueva; el lobo quiere esconder lo antes posible su presa y no hay mejor lugar que la maleza. Después de estar lejos, culminará lo que empezó.
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