V
Han pasado varias horas. Manuel, sale de los matorrales que están de aquel lado de la carretera, en las orillas del canal. Todavía esta tocado; las drogas y el alcohol que consumió en casa de Perla imperan sobre su cuerpo aún joven. Una vez logrado esto decide retirarse a su casa que se encuentra no muy lejos del lugar.
Al llegar ahí, con el pequeño, su mente se encontraba en estado eufórico y sin inhibición alguna a causa de la maldita marihuana y el alcohol; ahora su mente, con el paso del tiempo y con el fresco de la noche se va aclarando.
Manuel ha dejado entre la maleza, allá del otro lado de la carretera, al pobre Juanito, ultrajado y medio muerto. Ahora sólo quiere llegar a su casa, descansar y… lavarse la sangre. En el trayecto, en su interior, comienza una lucha interna en relación con lo sucedido. Tan pronto siente que ha cometido un acto abominable: ensañarse con un ser débil que apenas podía defenderse. Siente, al mismo tiempo, temor, ya que si es descubierto por la policía pasará no menos de cuarenta años a la sombra. Pero estos pensamientos tan sólo duran unos instantes de lucidez. La mayor parte de aquellos, sin embargo, son de justificación.
La sociedad siempre le ha golpeado y nunca le ha dado nada. El fuerte puede ensañarse con el débil; eso lo ha vivido en carne propia. Su padre le golpeaba al menor motivo hasta casi dejarlo muerto. Su madre, neurótica, seguía los pasos del padre. En la calle eran las riñas continuas donde pegaba o le pegaban. Varias veces cayó en las celdas municipales y los policías sintiéndose amos y señores de los presos, abusaban de él.
Mientras se suceden unos y otros pensamientos, ya esta al pie de la puerta de su casa. Entra sigiloso. Por fortuna, la casa está sola ya que la madre ha salido seguramente a la tienda por alguna compra.
Inmediatamente, coge de su cuarto un pantalón y una playera, y se dirige al baño donde se desviste, lavándose la sangre que traspasó la ropa hasta llegar a la piel. Si su madre lo viera en ese momento, no habría problema ya que el “Chito” seguido tiene riñas en la calle; la madre no desconfiaría. Pero sabe que tarde que temprano el cuerpo del niño será encontrado y su madre sabría quien es el autor del crimen.
De inmediato se dirige a su cama para recostarse. No logra conciliar el sueño durante alguna horas, revive una y otra ves lo sucedido, una y otra ves justifica su crimen. Finalmente tanta tensión lo vence.
Son las seis de la mañana del otro día. Desde la calle escucha que le llaman; es el chiflido de un camarada. Días antes le invitaron a echar una placa en el barrio. Pagan poco en este jale, pero sabe que aparte del salario se da una recompensa al final de la jornada consistente en un asado de puerco y unas caguamas bien frías. En el instante de despertar le viene a la cabeza lo sucedido, lo recuerda perfectamente, en sus más mínimos detalles; sabe que será algo de lo que no se desprenderá, cual cicatriz, durante toda su vida.
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