MOVIMIENTO ANTORCHISTA



I

A medio canal, semidesnudo -sólo tiene encima un chaleco rojo de la escuela-, boca arriba y con las piernas recogidas, está el cuerpo sin vida de un pequeño que no rebasa los nueve años. Una  delgada manta  color azul lo cubre de las miradas morbosas de los vecinos  que, al ver las luces de las torretas de las patrullas y el barullo ocasionado por decenas de personas en el canal, se acercan a la  orilla de éste para husmear. Los agentes de la ministerial y los peritos forenses, los que acudieron al lugar debido a una llamada anónima, todos inspeccionan la zona para registrar cualquier indicio sobre el asesino del pequeño, cuyo cuerpo  yace rígido.    

Apenas  ha pasado la media noche; se escucha  con frecuencia el ruido de los vehículos  que circulan sobre una carretera, la cual  cruza, a través  de un puente,  el viejo canalón.

Todos saben que se trata del pequeño Juanito, el menor que en días anteriores fue reportado como  desaparecido por su madre. Los medios de comunicación hicieron toda la semana de la desaparición del pequeño una de sus notas de moda. Mañana, con toda seguridad, aparecerá en primera plana en varios de ellos, el triste hallazgo. Los días subsiguientes ocupará lugares relevantes en esos medios que venden  la desgracia humana con ropaje de “información”, esto hasta que, poco a poco, mengue y deje de ser nota y, en consecuencia, deje de venderse.

Los ministeriales y peritos de homicidios, acostumbrados a estos sucesos cotidianos, no muestran asombro alguno; pareciera, con todo lo que ven a diario, que hubiesen (y lo más seguro es que así sea) perdido todo rastro de sentido de lo que representa la muerte. Con meticulosidad revisan cada centímetro del área. El procedimiento es, por demás, conocido: revisar palmo a palmo el área donde se halla el cuerpo, recoger evidencias en bolsas, tomar fotos y con la ambulancia trasladar el cuerpo a la Morgue del Hospital Civil donde se le practicará la autopsia, que por ley está establecida. Pero esto todavía llevará más tiempo. El cuerpo seguirá ahí en el centro de todo ese vaivén, será el objeto de atención como nunca lo fue en su corta vida.   

Parece que todo transcurrirá dentro de lo “rutinario”: se levantará el cuerpo y en unas horas más proseguirán las indagaciones, investigando a familiares, vecinos o amigos de la familia.  Pero… algo viene a cambiar el curso de los acontecimientos. Inesperada y sorpresivamente, sucede un incidente  que acelerará toda la investigación. Una de esas coincidencias de acontecimientos que se juntan en espacio y tiempo y que sólo eso los relaciona y hace que influyan,  uno sobre el otro.  Se escucha, a no más de cincuenta metros del punto de concentración,  un fuerte impacto  sobre la carretera: es un vehículo compacto que tras volcarse  y recorrer una considerable distancia, se impacta contra el muro del camellón central de la carretera.

Casi en el mismo instante del impacto, cerca de donde están los hombres que rodean el cuerpo inerte, y a los que ha llamado la atención el fuerte ruido, desde una  densa maleza que hay sobre uno de los dos caminos que conducen al canal, un hombre  se mueve a toda prisa, tratando de no ser visto. A pesar de ser una noche clara como suelen ser las de octubre, sólo se distingue su figura.  La agilidad de sus movimientos revela que es un hombre en plena juventud. Si bien es cierto que por el canal en ocasiones deambulan indigentes, no parece ser este uno de ellos, pues estos hombres, por la miseria en que viven y el alcoholismo que arrastran, son de movimientos lentos y torpes.

*Espera mañana la segunda parte de este relato...

 

   
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