Las dos patas del As de Oros
Ernesto Enciso Carrillo
“Síganme jovencitos; ahí donde les diga…”, les dice una anciana de rostro bondadoso, sólo afectado por el mal del pinto ya muy avanzado. Por no tener casi nada de carnes es ligera como una adolecente, parece en su andar, sólo cargar con sus huesos. Un ancestral recelo de todo lo “fuereño”, hace que la gente del pueblo de Xochimilco se haya negado a darles santo y seña sobre el domicilio que desde la mañana han buscado los dos jóvenes. Pero esa lugareña, compadecida, había decidido ayudarles.
La masa amarillenta de arcilla de algunos adobes viejos, deja ver lo carcomido de las paredes de una casa y trae a la mente de Alfredo un recuerdo claro, vívido por lo fresco: el casco de la Ex -Hacienda de San Juan Chinameca. Ayer, casi a esta hora, estaban el profesor de historia y el grupo de sexto semestre, admirando la arquitectura de dos edificios centenarios de gruesos muros y de belleza sobria, que parecieran madre e hijo, uno frente a otro. Le había dado la impresión de que el edificio grande era sólo el ala de una construcción mayor, y que seguramente el plan del hacendado, pensando que su poderío era eterno, era construir más edificios; pero la revolución vino a truncar su terminación. El conjunto de arcos de la planta alta en la fachada frontal de aquel edificio, se lo imaginó como tramo de un acueducto romano. Había contado los arcos: eran trece. Recordaba que el profesor de historia les comentó que esa construcción se terminó por allá de 1906 y que era una de las últimas haciendas que se habían construido en la época del Porfiriato. Pensaba Alfredo, que ese Vicente Alonso Simón, su dueño, era un explotador; mientras los campesinos vivían en la pobreza, él vivía como un verdadero señor feudal, dueño de varias haciendas con miles de hectáreas en toda esa región de Morelos. Zapata había dado su vida para acabar con las injusticias en el campo y acabar con todos los Vicente Alonso.
Sólo el brusco tropiezo con un bordo que hay en el arroyo de la calle, que casi lo hace caer de bruces, lo despierta de su ensimismamiento. Irguiéndose y tomando aliento, centrándose en el pensamiento que lo ha absorbido desde la madrugada, le dice sin más a Julián:
-Es que ese profe de historia ya ni la fregó; para que permitió que fueran Elpidio y esos otros dos que ni conocíamos.
-A Márgaro, se lo advirtieron- le responde Julián. -Le dijeron que no se juntará con esos bebedores empedernidos, que sólo problemas le iban a acarrear. Tú, como yo, conoces a ese Elpidio: es un sonsacador, pareciera que quiere meter en los demás el alcohol que por enteco no le cabe a él. Yo escuche en la fonda (antes de que nos subiéramos al autobús para regresarnos a México), que le dijo al Márgaro: “Anda, ven con nosotros, tenemos una buchanans; la vamos a pasar bien”. El Margaro le contestó que no. Sí, sí, yo escuché que se negaba. Es más, momentos después, ya cuando nos veníamos, lo vi sentado en el fondo del autobús, algo pensativo, pero… ahí estaba arriba. ¡Quién sabe en que jijo momento se bajó del camión, que nadie se dio cuenta! Con eso de que cada quien andaba metido en su rollo y cambiándose de un asiento para otro en el autobús; nadie se fijó. Eso sí, de ida, bien que se nos contaba como reses cada vez que hacíamos una parada. Pero de regreso el profe con los tequilazos que tenía metidos en la sangre ya ni se acordaba de quién bajaba y subía del autobús.
- Pero, ¿recuerdas?, ya los habíamos dejado muy atrás en la carretera; esa mugre de vehículo no corría igual que el autobús.
- Sí; pero tú también recuerda que hicimos una parada en la gasolinera donde nos tardamos algo. Lo más seguro es que llegaron ahí en su vocho y nadie reparó en ellos. De seguro, ahí fue donde Elpidio buscó y le insistió a Márgaro para que se fuera con ellos en su carro para beber sin taza ni medida.
-¡Caramba! Parecía que el viaje había acabado bien -le dice Alfredo a Julián-. El camión nos dejo ahí en la entrada de la escuela poco después de las once de la noche. Todos nos despedimos, y nadie (seguramente por lo adormilados que veníamos) se volvió a acordar del Margaro. Yo, por mi parte, me fui derecho a descansar a mi casa. Pero, ¡válgame la madre que me pario! , todavía ni los gallos anunciaban el amanecer y, ¡zas!, ya tenía al profe al pie de mi cama, soltándomela la nueva a bocajarro. A pesar de ser prieto como el azabache, estaba pálido como la cera. Creo más por lo que me informaba, que por lo cansado del viaje y la cruda que cargaba, que hasta se le debió haber quitado. Lo que sí sé es que todo esto es por su pinche costumbre de mezclar sus salidas académicas con la jarana. No le era suficiente llevarnos a ese lugar histórico y explicarnos los hechos que ahí sucedieron, y permitirnos, como siempre sucede, un poco de cotorreo. Pero no; tenía que entrarle a la bebida él mismo y dar luz verde a Elpidio y sus amigos, para que éstos empezaran a darle gusto al vicio en aquella fonda del pueblo.
Mientras conversan, siguen a distancia por varias calles a la octogenaria. De repente, ésta hace un alto, y alzando el brazo casi de manera imperceptible, les hace una indicación, para luego seguir su camino sin voltear, hasta perderse en aquel entramado de calles y viejas viviendas. Un largo y estrecho callejón en el que apenas cabe una persona, se les presenta a la vista, y al final de éste, como un punto negro, una puerta.
Sigue un silencio casi sepulcral; mientras recorren el callejón, nadie dice ya nada, más bien piensan en las palabras “correctas” y, sobre todo, la reacción que pudieran tener los moradores de aquella vivienda a la que se dirigen. Ya al pie de una puerta metálica, se asoman por unos pequeños orificios que hay en lámina y ven una humilde vivienda que se encuentra al fondo de un amplio patio de tierra al que sólo da vida una multitud de animales domésticos. Tocan con fuerza el metal, y casi al instante, algunos perros, dos o tres alcanza a distinguir Alfredo, empiezan a ladrar y olfatear con intensidad del otro lado de la puerta, casi se les siente a los pies. Los segundos parecen alargarse. Poco después, se escuchan unos pasos que se acercan y los perros dejan de ladrar para dar lugar a un chirrido de la chapa.
Sale una señora joven que les parece, de primer momento, como si estuvieran viendo al propio Margarito. Baja de estatura, morena, con cabeza ancha y la nariz carnosa y aquilina de tipo maya. Era imposible equivocarse: era la hermana de Margarito
Sin preámbulo, le dice Alfredo a la señora: “somos compañeros de su hermano, nos pesa tener que comunicarle…”. Así cumplen la encomienda mientras el profe reconoce el cuerpo de Margarito en la morgue municipal.
Dicen que la muerte de Margarito y de dos más que viajaban fue instantánea. El bocho en que viajaba chocó de frente con una camioneta al invadir el carril contrario de la carretera. Sólo sobrevivió Elpidio, pero vaya uno a saber cómo quedaría.
Ya de regreso sobre ese largo pasillo, Alfredo, involuntariamente otra vez, se vuelve a sumir por un instante en sus recuerdos. No puede quitarse de la cabeza un cuadro del día anterior en el que Margarito (mientras todos se desperdigaban una vez dada la explicación de un anciano), se “aferró” por más tiempo al pie de aquella escultura que inmortaliza al Caudillo del Sur empuñando su carabina, montado en el caballo que le regalará el traidor Jesús María Guajardo. Lo recuerda ahí, justo junto a las dos patas sobre las que se alza el As de Oros de metal, ignorando que pronto le llegaría, a él, una muerte absurda y estéril.
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