MOVIMIENTO ANTORCHISTA


La sequía y los dos ataúdes (I y II)

          Ernesto Enciso Carrillo


I

Poco antes del amanecer se incorporó de un maltrecho catre y salió de aquella hilera de cuartos de adobe a un amplio patio.  Distinguió en él una sombra que se movía cerca de los corrales; era su tío, hombre que conservaba, a pesar de su edad, una complexión recia. Se despidió de ese hombre curtido en duro trabajo del campo, que tenía la manía de sentarse en las  tardes largas horas, silencioso, junto con su menuda esposa, sólo a observar a su hato de borregos y chivos. Se dirigía Juan a su casa después de haber  pasado la noche con sus familiares en esa pequeña comunidad de no más de un centenar de familias llamada Congregación, mejor conocida como la “Conga”.

Antes de llegar a la carretera principal, Juan primero tenía que seguir un camino de terracería que tan pronto se ensanchaba como se estrechaba, y que, en algunos tramos, estaba cubierto de una gruesa capa de arena fina como la del mar que hacía que con el paso de su moto se levantara una gran polvareda que lo bañaba todo de tierra; luego, debía atravesar un extenso y desolado  terreno salitroso  que durante algunos meses se convertía en una  laguna. Este año, ante la dura sequía que se cebaba con más crueldad en este municipio, la laguna sólo presentaba ese aspecto desolado. Por último, ya para internarse en la carretera, cruzaba la cabecera del municipio con su plaza, su iglesia amarillenta de una torre, el viejo edificio del Ayuntamiento. Ya clareaba cuando en su moto empezó a sortear ya los cientos de baches que tapizan la carretera principal que conecta todas las poblaciones y que cruzaba en recta interminable aquellas extensas tierras semidesérticas.

A Juan le gustaba recorrer en su moto esa carretera, sobre todo cuando apuntaba el alba. El paisaje que se le presentaba en esas primeras horas del día, era como un lienzo recién pintado: los colores  eran más vivos y los contornos más agradables. Le parecía más  exuberante, de lo que en realidad era, la  vegetación; el viento matutino de verano era fresco y  los rayos de sol acariciaban más que quemar. Era cierto que no hacían presencia todavía a esa hora los efímeros  remolinos de tierra que tanto  le gustaban, gigantes que parecían  buscar infructuosamente arrastrar todo lo que se les cruzará a su paso. Pero ahí estaban   las  palmas, con verdes cabelleras renovadas de continuo. Le habían parecido ellas siempre como  vigilantes  de esa tierra avara y rica a la vez; allá  se veía una solitaria, con tantos brazos que a lo lejos parecen  un árbol  de copa frondosa; más acá, varias esbeltas  con uno o dos brazos formadas a lo largo del camino; a lo lejos unas repartidas homogéneamente en una pequeña loma.   La vida animal, huidiza en esos lares, se presentaba ante los ojos  curiosos de adolecente: de continuo liebres asustadizas cruzan la carretera y un coyote, que repentinamente pasa a unos metros adelante sobre esa carpeta de asfalto, y que, aparentemente distraído lo ignora, le lanza de soslayo una mirada astuta y acelera su marcha para internarse en los matorrales, seguramente correría en busca de una presa para, más tarde, cuando el sol se hace inclemente ir a refugiarse a su madriguera.

La mayor parte del recorrido le era ya familiar: extensas tierras incultas con la vegetación propia de Altiplano: palmas, huizaches, lechuguilla, bajo matorral. Sólo de cuando  en cuando, ve hombres  en las duras faenas  de campo, sembrado  frijol, alfalfa o chile. Estas parcelas de cultivo son verdaderos “oasis” que  se alimentaban con la savia  extraída de algún pozo con un papalote. A lo lejos  se aproxima, lento, medio torpe, un viejo tractor. Al cruzarse se da entre los conductores un saludo fraterno, que es casi obligatorio entre todos los pobladores  del altiplano.

Uno a uno pequeños poblados se suceden ante la vista de Juan. La mayoría de ellos son miserables como miserables son las casas de adobe que predominan  y que parecen protuberancias del terreno en que se asientan.  No faltan, claro está, casas de todas condiciones, incluidas grandes casonas que se ven solo en zonas exclusivas de las ciudades, estas casonas pertenecen a gente que han mermado de una u otra forma con la pobreza en que se sobreviven los pobladores. 

II

Como si en un último intento, el difunto quisiera salir de aquella prisión a que, impotente, se le reducía, “presionó” con las rodillas aquella lámina delgada del ataúd blanco que lo contenía. Todos los presentes en aquellos cuartuchos de adobe que acudieron a acompañar en el velorio a los padres, se sorprendieron al escuchar como el ataúd crujía.  Y es que era imposible detener a aquel cuerpo que se había dilatado por gracia del insoportable calor de medio día y no sé de qué procesos fisiológicos de descomposición que se dieron en él, y forzaba la tapa. No tardaron mucho en  entender los afligidos que el causante no era el cadáver sino ese cajón demasiado estrecho.

En la víspera, vivo y medio consciente aún, el difunto había sido, ya en amplio patio de su vivienda, cargado como se carga aún borracho por dos de sus amigos.  Parecía una simple lesión que con alcohol, gasas, y descanso pasaría; ni él, ni sus padres, ni sus amigos que permanecieron algunas horas en vigilia, pensaron que las consecuencias serían la muerte.  

-Déjame – le dice con voz débil Juan a su madre-. Sólo necesito recostarme; de seguro mañana amaneceré bien.

La miseria de los dolientes, la falta de un médico en la comunidad,  la alta hora de la noche, todo, hizo que la impotencia de los padres se agigantara. En esos momentos, sólo podía hacer una cosa la madre – aunque esto no sirviera de nada-: no despegarse de su hijo, que gemía de vez en vez. Pasaron algunas horas y ya agotada, casi al amanecer, decidió esperar, descansando un poco en un viejo y polvoriento sofá, para recobrar un poco de fuerzas, y buscar en compañía de su esposo un médico con un poco de luz.

Aunque el dolor que ocasionaba esa fractura era fuerte e intenso, había momentos en que parecía desaparecer; era entonces cuando una serie de imágenes cruzaban por la mente de Juan. Había una que se presentaba con mayor nitidez y pertenecía a su infancia no muy lejana: jugando con sus amigos a las escondidillas se ocultaba en  las ruinas de lo que fue una parte periférica de la Ex - Hacienda de Illescas y que se encontraban en el extremo de Jesús  María, por donde se llegaba de la cabecera.  Lo más sobresaliente de esas ruinas era lo que parecía en un primer momento una ermita pero que en realidad era una construcción que protegía una noria en desuso a hace muchos años; era, como todas esas construcciones centenarias, de una belleza atrayente. Recias paredes de piedra rosácea montadas sobre una base cuadrada y en las que se dibujan  unas falsas columnas que parecen ser, sin serlo, las que sostienen una hermosa cópula.  Una rampa conducía a la entrada principal de la “ermita”. Ya adentro, lo que llamaba primero la atención, era la parte interna  de la  bóveda de la cópula de cerca de cuatro  metros de diámetro y de una esfericidad casi perfecta, la cual estaba construida con maestría de un delgado ladrillo rojo.  En las paredes, tres estrechos agujeros  repartidos en aquellas macizas paredes de piedra, le permitían ver “todo”: en uno de ellos, las inmensas y ásperas tierras sin cultivar del altiplano, y al pie de la “ermita”, una gran pileta circular  anexa a la noria; en otro, el campo de futbol, una arbolada que lo delimita por un costado, y la vieja barda de piedra  que lleva montado una canaleta que conducía, en otros tiempos, el agua hacia lo que fue un abrevadero; en el tercero, veía un grupo de campesinos charlar bajo la sombra rala de un huizache que colinda con una pequeña escuela de tres aulas circulada por malla. La entrada permitía ver un pueblo de no más de trescientas casas que parecía, en su mayor parte, hecho de tierra. Sus amigos, que desde la arboleda el habían dado ventaja de algunos minutos para esconderse, no sabían que estaba en el interior de la “ermita”, observándolos.

Pero estas y muchas otras imágenes del moribundo se fueron extinguiendo como se extinguió su vida misma. La madre se levantó bruscamente del sofá; le pareció que había transcurrido un instante  pero en realidad habían pasado un par de horas. Era tarde, cuando acudió con su hijo el cuerpo de éste se encontraba rígido y frío. Fue en este momento cuando se le presentó la tragedia en toda su crudeza.


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