V
La tapa se abrió y quedo claro para los padres que la caja era demasiado estrecha para contener a aquel cuerpo. Su miseria, recrudecida por la sequía, no les había permitido a los padres comprar un ataúd más amplio, y al dueño de la funeraria no le importaba más que vender sus mercancías. Pero ahí estaba la terca realidad y no les quedó más remedio que ir de nuevo a ver a don José para rogarle le cambiase la caja blanca que habían pedido fiada.
-Yo les dije que consiguieran el dinero y no me hicieron caso- les dijo don José a los padres de Juan.
- Es que no podemos enterrar a nuestro hijo así… Por favor le rogamos nos la cambie.
-Y yo que voy hacer con esa caja si ya hasta manchada de sangre debe de estar. Además, ahora que me acuerdo ustedes mismos, esa vez que vinieron, me dijeron que no importaba que la caja fuera chica pues era una costumbre enterrar a sus muertos de tal manera que apenas y cupieran en ellas.
El ruego de los dolidos se prolongó por más de media ahora hasta que llegaron al acuerdo de que se firmarían nuevos pagarés a favor de don José, pues éste no sabía ni de dolor ni de carencias. Sólo le interesaba una cosa: el dinero contante y sonante.
Así fue como Juan pudo “descansar” en otro ataúd sin necesidad de tener sus rodillas flexionadas ni la puerta de su última morada abierta.
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