Quedó solo en ese lugar infausto, en esa gota de agua del fango social, que, como toda gota, refleja de alguna manera el mundo. Momentos antes había estado rodeado por media docena de hombres que se arreglaban sus seductoras prendas femeninas. Ahora estaba rodeado por mujeres y hombres, jóvenes la mayoría, que lo ignoraban; les era indiferente. Los “suyos”, los de su categoría, habían salido repentinamente del lugar, no habían logrado ningún cliente. Sin importarles a éstos el frío y la oscuridad, se apostaron a la orilla de la carretera para que, con su arte de seducción, intentara detener un monstruo de ruedas. Él había decidido quedarse;se sentó, no en alguna de las sillas, sino sobre una mesilla metálica que parecía apenas sostenerlo, seguramente queriendo llamar la atención posaba como una madona sin retoño. Mostraba sin recato unas piernas hombrunas que algo se ocultan tras unos mayones blancos. Casi inmóvil como escultura –sólo su sonrisa ledaba vida– ante elvaivén de carnes que el alcohol descaraba, posaba para intentar prender una mirada o algo más de alguien. No sólo unas monedas le eran a Dulce necesarias. Buscaba calor, pero no tanto un calor carnal que se da en esos lugares, vulgar, frío, sino algo que nunca verdaderamente le había dado la vida pero que creía, erróneamente, que se albergaba en alguien de ese lugar.
De cuerpo atlético y espigado, no rebasaba los treinta años. Su rostro era demasiado viril, rudo. Unos grandes pómulos descendían a una pronunciada barbilla de pera; una frente sobresaliente tenía como límite unas fruncidas cejas; una boca ancha que cuando sonreía mostraba una dentadura vencida prematuramente. Nada de lo exteriorpodía ocultar su masculinidad: ni el colorete en las mejillas, ni el bilet en los labios, ni el tinte ni el vestido entallado y zancón; ni unas zapatillas delicadas desbordadas por unos toscos pies; ni una espalda ancha y musculosa puesta al descubierto. Nada. Él lo sabía pero se olvidaba de ello metiéndose en cuerpo y alma de su personaje.
Pasaban los minutos y ahí estaba sabedor de su oficio. Sabedor que tarde que temprano la telaraña terminaría por atrapar a la presa. Sólo Moraima, la encargada de la barra, a quien Dulce conocía de tiempo, se le acercaba para entablar breves charlas y ofrecerle los néctares de la casa. No le podía ofrecer la bebida de aquel Dios que precedía las fiestas de los antiguos y simbolizaba la alegría de los hombres y exaltaba el placer y el optimismo; la de aquel joven coronado de pámpanos que sujetaba una copa, pues en estos lugares esta bebida es desconocida. Sólo le ofreció la bebida del Dios moderno de la embriaguez que no respeta a nada ni a nadie y que todo lo corroe por el metal áureo, bebida que corría en el antro en abundancia. La rechazó y sólo aceptó un cigarrillo que pareció darle compañía y fuerzas en esos momentos.
Era aquel lugar en que se encontrabaun pequeño galerón pestilente, sin gracia, pálidamente iluminado con moradas y azuladas luminarias de neón. Unas letrinas impúdicas ubicadas cerca de la barra en la que el olor de la orina era opacado por el de la cerveza y el sudor humano. Al fondo del galerón unas escaleras metálicas en las que subían y bajaban las mujeres que fichaban en aquel antro. Tres o cuatro mesas, una barra de cantina y un refrigerador era todo el mobiliario que hacía de aquel lugar un buen negocio.
Dulce y Moraimaparecíanconocerse de tiempo,hablaban con mucha confianza, hablaban en un mismo idioma, un idioma que sólo “ellas” comprendían y que era incomprensible para el mundo hipócritamente burgués, pero no para ese mundo oculto en la noche, subterráneo de cloaca. Rieron ellas sólo una vez con una sonrisa suelta.La causa: un hombre que bailaba arrítmicamente ante la Rocola y que se había desnudado de medio cuerpo y se contorsiona grotescamente, tirándose al suelo. El hombrecillo, al parecer, se sentía desenvuelto porque nadie le decía nada, si acaso se reirán de él, como Dulce y Moraima, con una risa benévola.
En los breves encuentros de Moraima -la cual tiene que atender en un ir y venir el changarro aquel- y Dulce, en medio de esa atmósfera cargada, se dan diálogos sobre cosas vanas y cotidianas del lumpanar, y también cosas más serias en el que Dulce inicia su intervención con una risa mecánica y la frase arraigada, cual muletilla: “¿y por qué no?”.
-Pero, chula, por qué sigues trabajando con los traileros-le dice Moraima aDulce
-Y ¿por qué no?- contesta Dulce, riendo con risa simple-; qué más puedo hacer para sobrevivir.
Y era cierto: de joven Arturo Leija -que era el verdadero nombre de Dulce- había soñado ser muchas cosas: estilista, enfermera…, en fin, todo menos en lo que hoy se ganaba la vida.
Más adelante, sin más ni más, la Moraima, le espetó:
-Te veo triste, chula
-Y ¿por qué no?; la vida no es fácil. Siento el reproche e indiferencia de todo el mundo; yo no escogí mi vida. El problema, mana, no son los traileros o los que acuden aquí; ellos tiene también una vida dura y difícil. Me refiero a esta maldita vida en que todo te aplasta.
Por más de dos horas, la travesti siguió como toda escultura: inmóvil, absorta.Y es que recordaba muchas cosas, pero, sobre todo, su infanciay adolescencia llena de privaciones. Su madre, mujer de carácter agriado y dominante por una prematura soltería, les llevaba a él y sus hermanos con dificultad el sustento, trabajando de todo, hasta de puta. Parecía no quererles cual si fueran una carga imposible de dejar. Había intentado estabilizar su relación con varios hombres pero siempre terminaban agrediéndose física y verbalmente.
Sólo Moraima, la saca de ese estado en sus visitas y parece darle vida.
De momento, la sonrisa de Dulce se trasforma en un llanto grotesco: unas ligeras lágrimas surcan ese rostro viríl coloreado. Como si de momento toda su cruda realidad se le fuera encima. Se levanta, delicada y recia, y le dice a Moraima con voz entrecortada: “¿por qué hay quien nos humilla?”
Esa noche, en ese lugar, hoy no hay nada para Dulce. Se ha dado por vencido, ahora tendrá que salir de aquel antro y buscar la otra opción, opción que cada vez que puede rehúye, pues con esos hombres del volante, recibe muchas veces el trato rudo y no pocas veces golpizas.