MOVIMIENTO ANTORCHISTA


 Del pueblo trabajador al régimen caduco

Ernesto Enciso

Sólo eres ya débil fulgor
que, cruel, al ser paraliza
para que  pierda  así el ardor
que hay en su naturaleza.

Fulgor que  nada ilumina,
 que  ciega con una vida
sin esfuerzo y regalona
de la clase adinerada.

  Mis ojos que todo observan
-lo lejano y lo cercano-,
aunque lo sean de milano,
hoy en tinieblas  están.

Cegados con la enervante
y dulzarrona mentira
de una igualdad que no existe
 en esta  dolida  tierra.

El trabajo   es  mi alta  virtud;
de él brota inagotable
la savia que  hace posible
la vida en toda latitud.
                         

¿Por qué si la  buena tierra
me recompensa  con frutos
y riquezas que encierra,
vivo casi  de rastrojos?

¿Por qué si construyo edificios
que el cielo azul acarician,
mis dignas carnes habitan
lo precario y sus suplicios?

Mi conciencia violentada,
dice: ¡basta de miseria!
Grita poderosa y airada:
¡basta de  ruin democracia!

¡Apártate!, el horizonte
visible de la sociedad
humana  es un aliciente,
aún en medio de esta orfandad

Tú me crees sin fuerza alguna;
pero, ¿sabes?, estoy de hercúleo
músculo y nervio formado,
y sin mi no existe vida.

Ya millones de mis  manos,
la gran antorcha levantan;
  y con  valentía avanzan,
forjando los nuevos mundos.

 

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