I
¡Por qué me abandonan!
Ernesto Enciso Carrillo
La avaricia ha sido ya abordada magistralmente por la literatura universal. Harpagón personaje que encarna, en el Avaro de Jean Baptiste Poquelin, Moliére, a ese ser que ve el atesoramiento de oro, su vida misma: “… ¡me han robado mi dinero! ¿Quién podrá ser? ¿Qué ha sido de él?...”, grita Harpagón. Más adelante, dirigiéndose al dinero, dice: “… ¡Mi querido amigo! Me han privado de ti, y, puesto que me has sido arrebatado he perdido mi sostén, mi consuelo, mi alegría…” No se trata de disfrutar su tesoro, pues el avaro considera un crimen el gastarlo, ya no en los demás sino, incluso, en él mismo. Ve en los demás a unos posibles ladrones de su añorada riqueza. Él goza con sólo sentir que “posee” la riqueza. Es mezquindad: gastar lo menos para atesorar más.
Creo que la avaricia sólo es una rama, si bien la más deforme e infame, pero sólo al fin una rama, de un grueso y gigante árbol que tiene cientos de ramas y hojas florecientes como secas. ¿Acaso los coleccionistas de obras de arte, de automóviles, de estampillas o de cualquier bagatela no padece la misma enfermedad? ¿Acaso los faraones que en el antiguo Egipto se enterraban con sus joyas y objetos de valor para ir al otro mundo, no quisieron llevarse sus pertenencias? El gozar al poseer y acumular desmedidamente riquezas u objetos es una enfermedad terrible de las sociedades en que impera el régimen de propiedad privada; una enfermedad que desata las peores pasiones del hombre. Lo que es cierto es que un hombre puede poseer muchas cosas, pero nunca, por más que quiera, puede hacer uso de toda esa riqueza para él sólo. Sus necesidades individuales son finitas y muy limitadas. En realidad es poco lo que el hombre necesita para sí.
Es, precisamente, esta enfermedad la que padece el personaje de esta corta y menguada historia. Su sufrimiento, su estado de ánimo, sus confrontaciones, son resultado de aquélla. Salim, hombre en la recta final de su vida, regordete a fuerza de la abundancia de comida y de la escasa actividad; sus padres habían llegado a la ciudad X en México, país lejano cuyas tierras en tiempos remotos ocuparon pueblos de comerciantes, y lo habían hecho casi en la indigencia; pero, eso sí, con una ambición de judíos de cepa pura. Si bien la situación más que holgada y estable, que lograron a lo largo de varias décadas, tenia entre otro condimentos el trabajo más o menos tesonero, lo cierto era que su sudor mediterráneo poco les hubiera hecho avanzar. Los prestamos usurarios en pequeño fueron el arranque (y no terminaron en toda su existencia, claro, en mayor cuantía), a esto le siguió la compra de sus bienes a gente en ruina. Ya con mayor fortuna, le permitió sobornar a funcionarios para “corregir” a su favor las inscripciones de registros de algunas propiedades. Pero hasta aquí las hazañas de los progenitores.
¿Qué fue de nuestro personaje principal en las definitorias dos primeras décadas de progresos económicos de sus padres? Lo diremos brevemente: aprender y aprender cómo acrecentar la fortuna familiar con toda clase de mañas y argucias complementado con la infaltable “economía familiar”. Pero esto es, por mejor decirlo, sólo la parte práctica. El padre de Salim, lo sabía. Era necesario sobre todo impregnar el alma del joven Salim de algo más sustancial: el deseo irrefrenable de poseer. ¿Poseer qué? Todo: riquezas, tierra, objetos.
En la época en que sucede nuestra narración ya Salim era un sexagenario. Sin embargo, todavía se sentía con energías suficientes para acometer grandes empresas y seguir amasando riqueza en cualquiera de sus formas.
Un día, como casi cualquier otro, Salim se encontraba solo en la inmensa sala de su mansión. El piso de mármol blanco traído de Carrara, las imponentes columnas de estilo “Corinto” y sus capiteles con hojas de acanto, las pinturas y pequeñas esculturas de artistas de renombre, los lujosos muebles… daban al interior de ese edificio un aspecto imponente. No piense el lector que le molestase a nuestro personaje la soledad y menos en aquel lugar, en medio de todo lo que le rodeaba, que obviamente no era toda su riqueza sino, por decirlo así, su representación. Al contrario, era precisamente encontrarse a solas con sus pertenencias, lo que lo llenaba. Es como si en ese momento pudiera abrazar con unos enormes brazos toda esa riqueza que sólo a él pertenecía. Como si los pudiera esconder en un manto impenetrable, lejos de las miradas y codicias de los demás, y sentirlas como parte de si, carne de su carne.
Pero este estado, para él sublime, acaba bruscamente. El sonido de unos pasos que se dirigen a la gran sala donde se encuentra lo sacan de su estado febril. Frunce el ceño. Siente como si esos pasos fueran una matraca ruidosa que vinieran a estropear la música celestial que lo acompañaba en esos momentos.
Señor, la comida está servida- le dice la sirvienta elegantemente ataviada, la cual sin más se retira.
Siente un gran alivio al ver que sólo es la sirvienta y no su esposa o uno de sus hijos. Una vez nuevamente solo, recostado en el sofá, posa su mirada sobre un cuadro de un pintor famoso. Nunca pudo interpretar esa pintura que salió de las manos de un artista surrealista, y ahora era “suya”; en ella se representa una playa que baña un mar azulísimo, y en la que está encallada una pequeña lancha, recientemente abandonada por su o sus tripulantes; en otra parte del cuadro surge de manera inverosímil de la arena la cabeza de un caballo que más pareciera rompe el cuadro; un hombre humilde, con atuendo de campesino andaluz, descansa en una nube que casi rosa la arena; de un tronco de árbol muerto del que brotan trompetas, peces, cajas y no sé cuantas cosas más, y una diosa del Olimpo semidesnuda. No entiende ese cuadro, pero sabe dos cosas: una que le pertenece, y, dos, vale una fortuna. Contempla luego una estatuilla en bronce en el que una mujer en la miseria, su desnudez y estado esquelético así parecen decirlo, en cuclillas parece recibir un castigo pues su rostro al parecer a sido abofeteado. Luego su mirada hace un recorrido por toda clase de objetos como estatuillas, tapices y finos muebles de caoba, recorrido del que no parece hastiarse. Pero no nos equivoquemos: no es la mirada del conocedor del arte sino del mezquino que se deleita por lo que posee.
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