MOVIMIENTO ANTORCHISTA



II


Es una mañana de finales de marzo. Los grandes ventanales permiten que la luz primaveral se esparza por todos los espacios  de aquella casona. A pesar de que en aquella mañana el verde es más verde en el césped y en los  arboles, y el azul es más azul en el cielo, Slim  tiene planeado recibir a los administradores de sus empresas. Necesita encerrarse como todos los martes, para ver los estados financieros. “Pase usted, licenciado… el patrón lo espera en su oficina”, repite una y otra vez la sirvienta a cada uno de los personajes citados en la mansión.

Ese día, Slim no quiere saber de nada más que de los progresos de su inmensa riqueza.  Al final de la larga jornada de revisión, ya agotados todos,  hace un balance final: 

-Señores -les dice-: todas nuestras inversiones  no puede ir mejor. Hemos obtenido las utilidades esperadas en telecomunicaciones y en la construcción hemos crecido, siendo  prometedor el marcado  de ésta; en tiendas… Sin embargo nadie, y menos el que habla, puede conformarse con esto y continua su arenga a sus generales:

-Necesitamos seguir creciendo pues la competencia no descansa. Los espero el lunes para ver las nuevas políticas y los reajustes que tenemos que hacer…

Sus fieles servidores, se retiran con caras alegres pues saben que el señor Salim está contento con su trabajo.

Ya en su recamara, Salim, al lado de su esposa,  siente un fuerte dolor de cabeza. “Pide de favor a la sirvienta que me traiga algo para el dolor de cabeza”, le dice a Leila, así se llama la mujer con la que ha compartido  sus años de “ingentes esfuerzos”. En el día el dorado de sus joyas, de sus  El dolor se prologa sin que el medicamente haga algún efecto.

-¿No crees que debemos llamar al médico?-  cuestiona preocupada la esposa.
-Ya me pasará mujer sólo ha sido el revisar números y más números.

- Pues si eso es, ya va siendo hora de que tu hijo, se haga cargo de la Dirección.

-  Así lo tengo pensado, mujer; pero eso puede esperar todavía- le contesta Salim, sabiendo que esto no ha pasado, hasta ahora,  nunca por su mente. A la mañana siguiente, sigue en cama con un fuerte  dolor de cabeza que a medrado.  Ha mandado a suspender toda su agenda. El médico de cabecera  está ya en la recamara.

-Dígame doctor que es un simple dolor de cabeza- le dice al médico mientras éste, sin responderle, lo ausculta detenidamente. 

-Contésteme señor Salim –le pregunta el doctor-: ¿no ha sentido alguno de los siguientes síntomas como entumecimiento de los miembros, dificultad al hablar o nauseas?

- Si he de decir la verdad, doctor, de lo que usted me dice solo sentí por unos momentos cierto entumecimiento de las piernas. ¡Hum!... Ahora recuerdo… también dos o tres veces durante la reunión de ayer tuve dificultades para hablar.

-Bueno, señor Salim necesito que urgentemente  hacerle varios estudios para determinar con exactitud su mal.

Esa misma tarde, Salim es sometido a sin numero de estudios clínicos. Al final, el diagnostico no podía ser más devastador: un cáncer cerebral se había extendido y hacía del todo innecesaria una cirugía. El pronóstico era, dado lo avanzado del tumor, que sólo viviría algunos meses más, en el mejor de los casos.


III


 Unos meses después, Salim  se encuentra solo, como tantas veces, en el espacio en la amplia y monumental sala en la que tanto le ha gustado    con sus  “valiosas” pertenencias. Ya no es el mismo: la enfermedad lo está matando en vida  Es cierto  que en esos momentos recordaba nítidamente muchos sucesos de su vida, como suele sucederle a la gente que sabe que pronto pasará a menor vida. Pero hay un interrogante que lo atormenta, y este es: que será de todo lo que acumuló “con su esfuerzo”, que será de toda la inmensa riqueza que creo. Si, si… está bien, su hijo tomaría las riendas, es su sangre, no quedará en manos de cualquiera…; pero eso no le daba tranquilidad. Sus pertenecías eran suyas, ¡sólo suyas!, de nadie más. Ahora tener que deprenderse por una maldita enfermedad que lo tenía al pie de la sepultura. 

Ya su mente desquiciada no podía soportar la idea de que una vez muerto ocuparía apenas un espacio  apenas mayor al que ocupa su todavía voluminoso cuerpo. “Para qué diablos quiero un mausoleo, ni si quiera podre verlo”, se decía así mismo.

Recordaba que alguna vez le había dado risa el que en un debate medio filosófico  y medio económico, un maestro de la universidad en que estudiara en su mocedad, hubiera sostenido que la acumulación de bienes iba contra la naturaleza humana y era por demás irracional. Pero el  amaba sus abundantes  pertenencias,  y por añadidura, las poseía, ese era un hecho establecido “por todos”. Su amor  era un amor desvirtuado. No era el amor  del campesino  a su pequeña porción de tierra, la cual cultiva con sus callosas manos y la que le da de comer. No; su amor obsesivo era la acumulación irracional de la que hablará el profesor. Su cuerpo apenas y necesitaría para vivir lo que necesita una persona común y corriente; pero su espíritu ambicioso necesitaba sentir que poseía  bienes y más bienes.

Recordaba, y sentía, cómo en sus venas y arterias el manso río purpura  se convertía en un bronco río cada vez que deseaba tener o comprar un edificio, automóviles, obras de arte, etc. Como la curva, que representa la potencia de el torrente sanguinío,  se mantenía ascendente mientras no fuera suyo el bien anhelado. Una vez adquirido éste la curva descendía sin que nunca cayese a cero.  Se conocía a la perfección, y sabía que cuando  observaba, después de un tiempo, el objeto adquirido, rapidez de la sangre en sus venas y arterias volvía a hacer subir la curva pero nunca volvía a adquirir la potencia de la primera vez.

 Fueron  verdaderamente lastimosos los   últimos meses de  vida. Fueron un verdadero sufrimiento: no se resigo nunca a perder, con la muerte, sus entrañables riquezas. Había encanecido y enflaquecido. Esos meses eran como haberse echado a cuestas décadas. Su hijo había tomado ya las riendas de todos sus negocios, y con la enfermedad  de acumulación de bienes, metida hasta el tuétano, seguiría los pasos de su padre.

En lecho su de muerte, sus familiares cercanos y unos cuantos amigos cercanos lo rodeaban. Del sentimiento de ellos a él, mejor ni hablar.  Pudiera alguien, ingenuamente,  pensar que habría en Salim como católico practicante  un arrepentimiento por su desmedida deseo de acumular riqueza, por incurrir en un  pecado capital. En él, el voto de humildad era como para los  Papas  y altos clérigos un engaño propio y ajeno.

Momentos antes de expirar, Salim miraba objetos borrosos a su alrededor, pues  la vista se le había nublado.  Pero si hubiera tenido la vista de un hombre sano, sus ojos sólo hubieran sido para sus pertenencias, sus amadas pertenencias.  Al expirar, lanzó un lastimero grito que muchos de los presentes no entendieron: ¡¡Por qué me abandonan!!

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