“La vida es una hipótesis
que sólo la muerte confirma”
(RMC)
Estoy poco menos que emparedado, me basta extender los brazos y balancearme para rozar los muros con las puntas de mis dedos. El largo de este sitio sugiere un desplazamiento apenas mayor, llamarle así me parece excesivo. Todo aquí es parte de un umbral que se mantiene en penumbras.
Aclaro que mi encierro es voluntario, lo inicié meses atrás y sólo concluirá con mi muerte. Ya no busco un atajo para cortar el hilo terrenal, me limito a esperar la ola que arrastrará conmigo. Morir, no me liberará de algo más que este cuerpo y estas paredes. Sé que existe otro recipiente y que otra prisión me contiene, pero no estoy seguro de poderla librar.
Cumplo una sentencia rígida, una suerte que yo mismo dicté, ya que ningún tribunal se hizo cargo, por eso la ejecuto sin apelaciones. Mi mundo se ha reducido a un casco triangular que parece una mapachera, ni siquiera son las famosas cuatro paredes de las que todos hablan cuando se refieren a encierro.
En realidad, no tengo queja de la simetría del claustro, así convine con el albañil, cuando le pedí que atravesara esta pared. Proyecté un corte diagonal que se convirtió en la frontera de mi confinamiento, mi propio muro de los lamentos. Es un ensanchamiento mínimo que se adelgaza bruscamente y conduce a un portón. Una vez leí a un escritor quejarse de los “lugares comunes”. Ahora vivo en un lugar muy poco común y que nada tiene que ver con lo metafórico. Es el único resquicio del mundo que me queda y el modo más simple que encontré para aislarme de los demás.
Lo único que deseo es no estar vinculado a otros seres, todas mis conexiones y afectos murieron hace tiempo. Estoy solo en mi núcleo, solo, y a la vez hacinado entre tantos pensamientos. No pretendo victimizarme, escarbo entre la lucidez que me sobrevive y que muchos ya dan por muerta. Convalezco entre el olvido ajeno y mi propio olvido.
Frente a mí, hay una puerta de hierro que delimita esta área de las demás habitaciones, pero hacia el exterior, apenas comulgo lo necesario, a través de una abertura embarrotada que evita que me asfixie en mis largas vigilias. A ésta debo, también, las filtraciones de luz que me ayudan a tener una leve percepción de noches y mañanas. Es muy similar a las ventanillas de cobro de cualquier establecimiento, sólo que no es de cristal, fue forjada con el mismo hierro de la puerta. Parece una vieja celosía de tipo conventual.
Sé que ya han empezado a rondar las historias. Los vecinos han vulgarizado terriblemente lo que me sucede. Oigo a las comadres cuando se dirigen al mercado:
–Don Alfonso está acabado, la muerte de su familia lo desquició. Dicen que se ha querido suicidar…
En ocasiones, rescato voces que alteran el sentido real de las cosas. Las considero sólo fábulas:
–Julián lo ha encarcelado. Lidiar con un loco debe ser algo tan desesperante...
Julián es un hombre reservado, con ojos imperturbables y cabeza entrecalva. Era mi empleado, y lo sigue siendo, ahora en calidad de carcelero. Desde hace meses no intercambio palabras con él, pero tenemos un trato y se encarga de mi alimentación, así como de todas las cosas que ya no me interesan.
Mi aseo personal es casi inexistente, ocasionalmente me lavo la cara, y lo hago más para desperezarme que por hábito de limpieza. Con excepción de las señoras que se asoman y me asocian con una deformación de la naturaleza, la mayoría de las personas aligeran sus pasos o cruzan a la otra acera, cuando ven de lejos la mirilla que me conecta sin mucho entusiasmo con el mundo. Supongo que evadirme se ha convertido en parte de su rutina, y eso me parece lo más conveniente. Lo consigno sin lamentaciones.
Tan pequeño es el hueco que da hacia la calle, que frustraría todo intento de sacar mi cabeza, si es que ésa fuera mi intención. Apenas logro resbalar una mano que araña a la intemperie y que cambio de diestra a siniestra, en una sucesión de incómodos relevos, pero que me regalan la sensación del aire, el sol o la lluvia. Este goce lo extiendo por horas, a veces separo los dedos con energía y siento una mayor receptividad de los elementos; aunque a los chicos del barrio sólo les sirva de blanco para lanzar pedradas, un blanco que se torna rojo y morado. Soporto algunos impactos y luego me reintegro por completo a la jaula, mascullando aullidos de dolor…
Sólo dispongo de tiempo y no lo necesito. ¿Tiempo para qué? Estoy acorralado en mis propios dominios. Hablo conmigo y con nadie más, pero hay momentos en los que me invade la certeza de que Dios escucha y que lo hace con atención…
“El cielo no es para mí”, repito hasta que mi voz se cuela en todas las fibras y se convierte en eco mental. La resonancia me aturde, añade eslabones a la culpabilidad que arrastro. No quise pagar el rescate y mis hijos fueron asesinados. Lo decidí desde que llamaron para decirme que los tenían… ¿Quiénes eran ellos para tenerlos?
Trabajé tantos años para mi familia, me negué horas de sueño y atención a proyectos personales. Sus captores sólo querían estirar la mano y quedarse con ese patrimonio: 25 millones de pesos. ¿Debía recompensarlos por el daño que hacían?
–No tengo ese dinero -les escupí, la primera vez que se comunicaron. Nada ni nadie me garantizaba que los iba a tener de vuelta. Al colgar el teléfono, exhalé con fuerza y de inmediato involucré a la policía. Lo malo es que la policía ya estaba bien involucrada…
¿Qué día es hoy? Eso no debiera importar, alguna vez las fechas tuvieron un significado distinto al dolor, pero es que me siento inquieto, percibo un aroma de flores que se ha infiltrado con impunidad. Tengo la certeza que es el Día de Muertos.
Hoy la gente deambula en los cementerios, cumple citas a posteridad con seres invisibles, a los que dirige rezos y ofrendas florales. Entiendo que a mí nadie me visitará; también que jamás visitaré a nadie. Yo no tengo muertos, sino fantasmas, mis gemidos se confunden con los suyos. Sus cuerpos los arrojaron al rancho, entre las pacas del ganado; cuando los descubrimos, ya servían de carroña a los animales, estaban desposeídos de todo gesto de humanidad. Me invadió una desconocida rigidez, mi esposa corrió hacia el auto y tomó la pistola que aguardaba siempre en la guantera. Una ráfaga de plomo cercenó su sien y el estallido iluminó la noche. La pérdida era ya desproporcionada y consideré que seguía mi turno…
Yo gesté la muerte de mi sangre y estoy manchado de sus derivaciones. Sospeché que los agentes actuaban con negligencia o tenían intereses oscuros. Hice un par de llamadas al procurador, desaté una turbulencia de confrontaciones y al final todo se resolvió con violencia. ¿Y si hubiera pagado?
–Exijo una prueba de vida -eso fue lo último que dije, ensayando una estúpida indiferencia. A cambio, recibí la muerte de mis hijos, brutalmente certificada.
Estos días empiezo a comer menos, a perder entre ratos el sentido. Renuncié al catre y levantarme requiere un esfuerzo extra. Desde el piso es difícil lograr algo que se asemeje a una vertical, pero lo intento. El perfume de flores panteoneras es un aviso de algo, se vuelve más intenso, logro incorporarme y tambaleo al acercar el rostro a la rendija. Aspiro con vehemencia ese olor penetrante que entraña muerte.
Afuera, la luz natural ya se pierde. Un espectro entra y serpentea, adquiere forma consistente, reconozco al hombre que fui. Alucinado, flaqueo, quiero estar de nuevo sumado a él, pero me rehuye, balbucea algo terrible al ver mi devastación. Me encorvo, aplasto la cintura contra la pared. He vuelto a llorar.
Nadie subestime lo que gravita en el aire, lo que evoluciona a deshoras, lo que se cosecha bajo la influencia de la soledad. Llueve esta noche o madrugada, mi mano permanece afuera, escurre impávida hasta engarrotarse de frío. Convoco todas las fuerzas que me quedan para mantener posición. De no sé dónde surge un noctámbulo excedido de alcohol, se acerca, murmura un rezo, y con puntería que no debiera tener, desliza entre mis dedos una flor. Hundo mi cabeza en la pared, restriego mi frente en la horma que se descascara. Me entierro… en una profunda premonición.
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